miércoles, 8 de diciembre de 2010

Invierno

Era una tarde de invierno, la nieve caía silenciosamente, flotaba en el aire para luego posarse delicadamente sobre todo aquello que pertenecía a ese paisaje de ciudad pequeña.

Rosario caminaba tratando de no interrumpir el silencio de aquella tarde de invierno, caminaba al compás de su entorno, caminaba como adormecida y encantada por el frío, observando como sus zapatos se hundían en la nieve.

Era su primer invierno en aquella ciudad, era el primer invierno de su vida, ya que en el país del que ella venía, donde nació, la criaron y creció, el invierno no existía.
Se detuvo por un instante, contemplo por un buen rato todo lo que la rodeaba tratando de comprender el significado de su existencia, trataba de mirar las cosas desde otra perspectiva, sabia que si miraba la totalidad del paisaje que la rodeaba, vería a su cuerpo discordioso, molestoso, perturbante, un cuerpo que interrumpiría el éxtasis que significaba ver tanta blancura, tanta pureza. Era injusto, estar parada entre tanta perfección, y no poder ser parte de ella, entonces alzo los brazos y extendió las manos como queriendo tocar el cielo, como queriendo robarle nieve a la nieve para guardársela de recuerdo, cerro los ojos, levanto la cara hacia el cielo y trato de imaginarse convertida en copo de nieve.

Ahí estaba, brillante y blanca, planeando en el aire riendo, concordando con todo lo demás, siendo parte del invierno, sumida en un compás común de belleza y perfección, de pertenencia. Podía bailar con la brisa que la envolvía y jugaba con ella, la llevaba como solo una buena pareja de tango lo hace.
Se dejaba llevar y todo parecía tan perfecto, divino e irreal, los otros copos de nieve bailaban también, quizás como compañeros o como cómplices silenciosos y rítmicos del invierno, la miraban, le sonreían, flotaban rozándola, atrayéndola. Era como ser parte de algo al fin.
El espacio, la ciudad, todo se veía tan blanco y grande, los techos de las casas eran todos iguales, las calles también, los autos parecían gigantescas bolas de nieve que rodaban en las calles, y la gente, la gente solo era cómplice del invierno.

Después de un buen rato flotando, sumida en pensamientos inexistentes, con la mente en blanco, mente en nieve, mente en invierno, Rosario se dio cuenta de que pronto iba a tocar tierra, sintió como poco a poco se apoyaba contra un montón de nieve ya acumulada sobre el suelo, engrano perfectamente sobre aquella nieve, como si fuese un colchón divino que la estuvo esperando desde siempre.
Pero ya no podía bailar ni flotar, se sintió pegada a esa gran masa de nieve que yacía inerte, miro hacia arriba y pudo ver un montón de estrellitas blancas y brillosas que aun bailaban en silencio, delicadas como diminutos diamantes, bailando el Vals del invierno.

Rosario trato de moverse pero se sintió atrapada, entonces recordó quien era en verdad, y que todo aquello era producto solo de su imaginación, recordó que la solución era abrir los ojos y todo volvería a la normalidad, abrir los ojos para dejar de soñar, para continuar caminando antes de que el sol se ponga por completo. Abrió entonces los ojos, pero de nada sirvió, no pudo volver.
Rosario se camuflo, se fusiono entre la nieve y sin cerrar los ojos se quedo contemplando la nieve caer.

A la mañana siguiente una vieja señora, de esas a las que ya nada les sorprende porque lo han visto ya todo, se encontró con el cuerpo de una joven, sus ojos estaban abiertos y su rostro sereno, estaba acurrucada entre la nieve, cubierta casi por completo.
La vieja se quedo un momento parada frente al cuerpo tieso y frío y después siguió caminando tratando de no interrumpir el silencio de aquella mañana de invierno.

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